Christine-SpenglerUn ingenio de ojos negros. Mirada crítica, mente inquieta y sonrisa patente. La fotógrafa Christine Spengler, condecorada con la Legión de Honor de la República Francesa, conoce a que sabe el peligro. Y le gusta. «No tengo miedo a la muerte», reconoce nada más empezar a hablar. Y es que, rodeada de amenazas
se siente como en casa.

Detallista y meticulosa, viaja por su memoria para recordar algunos momentos que la hicieron vibrar y sonreír siendo corresponsal de guerra. El hecho de ser mujer, contrariamente a lo que muchos puedan pensar, le ha ayudado siempre, reconoce. «Para asumir este trabajo hay que tener las virtudes de un hombre: el valor, la fuerza física… pero tenemos una ventaja enorme», sostiene en su visita a El Escorial, donde ha asistido para hablar sobre la visión femenina en zonas de conflicto.
Despacio, sintiendo cada palabra, evoca las peripecias que le tocó vivir en «el terrible Afganistán de los talibanes». «Para mí es muy fácil. Voy con una túnica negra, pongo mi cámara a modo de collar y la tapo con un gran velo. Los hombres en esos países no tienen derecho a tocarme».

Con su Nikon y su objetivo fetiche, Spengler ha logrado capturar instantáneas que pocos varones hubieran podido. «Temblaba en Afganistán porque sólo podía llevar una cámara, no dos. Por suerte, durante los meses que estuve en aquellas tierras no se me rompió ningún objetivo».

La fotógrafa, que domina ocho idiomas, aprendió sola a hablar árabe para desenvolverse. Pese a ello, vivió una experiencia donde vio su vida pender de un hilo. En Beirut, en 1982, fue arrestada por «unos combatientes terribles»: los morabitunes. «Pensaban que como que iba con velo era una espía sionista».

Aunque no se considera miedosa, recuerda que aquella vez sintió mucho respeto ante la situación que se le venía encima. No es para menos. Los morabitunes iban con el pecho desnudo, portando en sus cuellos collares con dientes de tigre. Con los ojos llenos de cocaína y agitando calaveras en sus kalashnikov.

Spengler, atada de manos y con una venda en los ojos, tuvo que soportar un tribunal revolucionario de cinco horas que le hacía preguntas que acababan volviéndose en su contra. «Me decían al ver mi pasaporte: Has estado en Chile, ¿eres amiga de Pinochet?… Fue terrible».

Pese a que aquellas vivencias fueron atroces, la fotógrafa reconoce que en la actualidad hacer fotoperiodismo es mucho más peligroso. «Ahora hasta decapitan a la gente. Pero adelanto que voy a volver a Beirut y Trípoli. No he cambiado, sigo con las mismas ganas».