La ciudad de los cortocircuitos.

Sebastian-RomanE. Gancedo / Diario de León. El leonés Sebastián Román, autor de impresionantes vistas urbanas elaboradas a partir de componentes informáticos, da el salto y protagoniza la exposición del año en la Fundación-Museo Evaristo Valle.

Altísimos rascacielos compiten entre sí por rasgar un horizonte frío e inmóvil. Opresivas torres metálicas reflejan con duros destellos la luz diurna u hormiguean con mil lucecillas por la noche. Es un paisaje urbano y pujante, unas megalópolis de poderoso aspecto pero a la vez inquietantemente inhumanas, silenciosas, carentes de alma, de donde parece que el hombre ha huido de forma precipitada o ha sido extinguido por una plaga creada por él mismo. Sinónimos de la implacabilidad del mercado, de la despiadada ley que impera en las nuevas selvas hiper tecnológicas, las imágenes de gran formato de Sebastián Román sorprenden e intrigan… y más todavía cuando el espectador afina el ojo y descubre que todos esos rincones ciudadanos han sido cuidadosamente elaborados a partir de piezas de ordenador, de tripas informáticas dispuestas con habilidad y paciencia, y fotografiadas después bajo el limpio cielo de la comarca de la Valduerna.

Sebastián Román Lobato, uno de los más prometedores artistas leoneses, ha venido exponiendo estas y otras obras en diversos espacios de la provincia —la última fue en el Museo de León—, pero hoy mismo da un salto considerable al inaugurar, a las 13.00 horas, su muestra La isla en la prestigiosa Fundación-Museo Evaristo Valle de Gijón, donde podrá ser vista nada menos que hasta el próximo 22 de junio.

Natural de Castrotierra y residente en este pequeño pueblo valdornés, Sebastián Román hace memoria en torno a unas obras que tanto están dado que hablar y comenta que todo comenzó «en el año 2003, cuando estaba terminando mi proyecto de fin de carrera. Hubo entonces una catalogación de todas las propiedades de la Universidad de Salamanca y se tiraron muchísimos ordenadores y componentes electrónicos desfasados a un contenedor de obra justamente situado en mi camino a la facultad». Román se encontraba matriculado en la rama de pintura y fotografía y de aquella ni siquiera tenía ordenador. «Compartía piso con Julio Falagán, un gran artista y amigo, y recuerdo que en una profunda conversación que tuvimos en el bar La Galería, dijo: ‘Hoy en día todos los artistas tienen que utilizar el ordenador…’. En ese momento cogí mi bici y corrí a hacerme con uno de los que había visto, pero como no arrancaba, acabé reventándolo a patadas. Fue en ese mismo momento cuando lo vi muy claro: ordenando las piezas que se habían soltado ni siquiera necesitaba encender el ordenador, puesto que si lo despiezaba y ordenaba con mi cámara, podía obtener imágenes mucho más interesantes y originales».

Román, que también ha venido ofreciendo numerosos talleres artísticos en centros escolares y localidades de gran parte de la provincia, admite, en lo referente a su proceso creativo, ser «muy desordenado». «Mi taller es como el de Francis Bacon, y mi manera de trabajar, el ensayo-error, de esa forma voy seleccionando las piezas que más convienen. Una vez que tengo esa selección, las coloco y fotografío, las voy viendo y desestimo las que menos me interesan hasta que llego a lo que realmente me satisface, es entonces cuando comienzo a realizar tomas en el cerro del Castro» (otero sobre el que se asienta el célebre santuario de Castrotierra).

La isla, en concreto, fue iniciada en septiembre de 2012, pero las primeras tomas fotográficas no las realizó hasta enero de 2013, y las últimas, en el mes de marzo. En cuanto al número de piezas, «no lo sé exactamente pero sí sé que destroce cerca de cien ordenadores, trece lavadoras, siete frigoríficos y parte del coche de un amigo. La estructura de madera, también reciclada, se divide en tres partes que se ensamblan y forman el relieve de la isla», detalla este inquieto artista nacido en 1979.

La labor tiene sus ciclos: «Muchas veces veo una pieza y sin pensarlo voy colocando como un autómata todas las de su alrededor, componiendo manzanas enteras, pero otras no acabo de arrancar… de todas formas, hay artistas que, charlando sobre este asunto, me confiesan que sufren muchísimo para poder crear, yo no tengo ese problema; yo soy el hombre más feliz del mundo cuando me meto a trabajar en mi taller y cuando comienzo a establecer un orden en las piezas». ¿Y no resulta curioso que a alguien que reside en el medio rural le interesen tanto los paisajes urbanos?

«En realidad es la fusión de lo urbano con lo rural —responde Sebastián Román—. En el año 2000 me junté con varios compañeros de la facultad para viajar a Ámsterdam, Bruselas y Francia, en el 2001 me fui a Milán de Erasmus y viajé por toda Italia, y en el 2004 estuve en Berlín. Aunque viva en el pueblo sigo viajando cuando puedo permitírmelo, necesito esa parte urbanita, de hecho, uno de los viajes que marcó esta pieza fue Castrotierra de la Valduerna-Milán-Castrotierra de la Valduerna, en una semana, algo que me sirvió para rellenar esa necesidad interna que tengo. Trabajar en Castrotierra es tener la suerte de contar con un insuperable laboratorio fotográfico con la mejor iluminación, la natural, y un taller del que no podría disponer en ninguna ciudad. Pero las ciudades siempre me han gustado, desde que de pequeño iba a Madrid y veía desde la bajada del Puerto de los Leones: me fijaba en la silueta de los rascacielos y aquello me impactaba».

La isla de Sebastián Román se exhibe en la Fundación Evaristo Valle (Somió, Gijón), de martes a sábado de 16.00 a 18.00, domingos y festivos de 12.00 a 14.00, y entre abril y junio, de martes a sábado de 17.00 a 20.00, domingos y festivos de 12.00 a 14.00. «Para mí, esta exposición es la culminación de una gran parte de mi trabajo, además de una celebración que quiero compartir con todo el mundo», resume.

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