Vivian-MaierLa Nueva Crónica /Bruno Marcos reflexiona sobre la obra de la niñera fotógrafa que deambuló más de cuarenta años por las calles de Manhattan y Chicago en la segunda mitad del siglo XX.
Contaba Julia Kristeva en su libro ‘Las nuevas enfermedades del alma’ que tenía un paciente cuya actividad más importante durante años fue la de pintar unos cuadros que jamás dejaba ver. Paul Auster imaginó al abuelo del protagonista de su novela ‘El palacio de la luna’ aislado en una cueva, en medio del Gran Cañón del Colorado, en la que consumía el tiempo de su extravío pintando lienzos, paredes y muebles compulsivamente con la certidumbre de que aquellas obras nunca hallarían espectador alguno. Hace poco escribía yo, en estas mismas páginas, de Miroslav Tichý, el fotógrafo indigente que coleccionó en su casa, durante lustros, imágenes que tomaba de mujeres furtivamente con su cámara hecha con cosas de la basura.

 

Una gran fascinación por lo secreto recorre el arte y emerge, de vez en cuando, con algunos hallazgos que nos embrujan y nos dejan perplejos. Es como si, en el instante en el que aparece una obra conmovedora y auténtica que jamás ha recibido atención, verificásemos que el arte no ha muerto, que el aluvión de cosas que se nos presentan como sublimes y que nos dejan fríos son, efectivamente y como sospechábamos, una farsa. Certificamos con ello que algo bueno, interesante, se está construyendo pese a todo, en un régimen de visibilidad nulo, en el cual el artista es libre y el arte vive, precisamente porque ambos permanecen ocultos.
El caso de Vivian Maier viene a sumarse a esta lista inquietante de arte secreto. Vivian fue una niñera de origen europeo que deambuló, más de cuarenta años, por las calles de Manhattan y Chicago en la segunda mitad del siglo XX paseando niños y tirando más de 100.000 fotografías con su cámara. En 2007 un joven veinteañero, John Maloof, buscando material para escribir un libro sobre Chicago acudió a la subasta de un lote de negativos proveniente de un guarda muebles cuyo alquiler se había dejado de pagar. Lo compró por 380 dólares. Contenía la obra de Maier, en su gran mayoría sin revelar. Un legado que en la actualidad puede que supere un valor de cientos de millones.
Vivian enseguida se dio cuenta de que para captar la realidad diaria de la metrópoli debía hacerse con una máquina de visor superior, una que, colgando del cuello le permitiera encuadrar y disparar sin que nadie se percatase de que iba a quedar retratado al tener que alzar el aparato frente a la cara. Su tema fue la ciudad al completo. Lo mismo aparecen en sus fotos el más pletórico Kirk Douglas a la salida del estreno de ‘Espartaco’ que un borracho arrastrado por la policía, igualmente un infantil limpiabotas que bellísimas mujeres con joyas y pieles.
Sobre todo sorprenden sus autorretratos, extraños, distintos a todos. Una suerte de rostro inexpresivo, un retrato antisicológico, en el que nada hallamos de ella. Tan sólo vemos que estaba atenta al clic de la máquina y que en esa actitud la sorprendieron sus instantáneas. Se encuentra a sí misma en los reflejos allí donde la ciudad los ofrece, en el vidrio de los escaparates, en un retrovisor cromado o en espejos de todo tipo, hasta llegar a los que están enfrentados y que reproducen infinitamente el espacio. Inauguran esos autorretratos una profundidad de campo compleja, barroca, inédita. Uno de ellos se vuelve un auténtico palimpsesto icónico y un prodigio de la representación espacial. Vemos en él la silueta oscura de Vivian reflejada en el escaparate de una tienda, con la cabeza agachada, tomando la fotografía, en la parte inferior de su figura el interior de la tienda con dos mujeres sentadas esperando y, alrededor, el reflejo de la ciudad a sus espaldas con automóviles, edificios y árboles en perspectiva.
Suponen estos autorretratos, además del documento de su tiempo y su lugar, su firma, su demostración de que estaba allí con su mirada, que era ella la que sacaba las fotografías, la firma enigmática de unas imágenes que nunca quiso enseñar y que en su gran mayoría ella misma nunca llegó a contemplar. Tan sólo se han revelado hasta el momento 5.000 fotografías de las más de 100.000 que se han encontrado.
Se puede ver su obra en el contexto de Photoespaña hasta el 16 agosto, en la Fundación Canal Isabel II de Madrid y en la Fundación Foto Colectania de Barcelona, hasta el 11 de septiembre.