ERRAZURIZ-COLITATanto Paz Errázuriz (Santiago de Chile, 1944) como Colita(Barcelona, 1940) llevan varias décadas a sus espaldas fijándose en lo que ocurre a su alrededor para contarlo y conmover al espectador. La mirada hacia los excluidos, la pasión por el retrato y el gusto por el blanco y negro son algunas de las muchas cosas que estas dos grandes luchadoras tienen en común. Ayer lunes recibieron los máximos galardones que anualmente concede el festival PHotoEspaña. Errázuriz por el rigor y la empatía de una obra armada sobre la documentación y la experimentación estética; Colita, Premio Bartolomé Ros, por la coherencia de su trayectoria y su independencia profesional. Horas antes conversaron con EL PAÍS sobre su manera de entender el oficio, sobre la mirada diferente de la mujer y sobre la existencia de la fotografía latinoamericana, entre otros asuntos.

Para Paz Errázuriz, con obra en la Tate Modern y con una emocionante representación de retratos de homosexuales y travestis, víctimas por partida doble durante la dictadura de Pinochet en la Bienal de Venecia, este es su primer premio. «Es un logro para Latinoamérica y un gran aliciente porque me da una seguridad tremenda para proseguir con mi trabajo». Colita, quien rechazó el Nacional de Fotografía el pasado año, se mostró encantada con recibir un galardón que «da la gente, no un ministro. Y me encanta coincidir con Paz Errázuriz, una mujer valiente, una todoterreno como yo, que lleva toda la vida arriesgándose para dejar su testimonio. Después de partirte el lomo toda una vida trabajando, está bien recibir un premio como este».

La actual edición de PHotoEspaña está dedicada a Latinoamérica. Sin embargo, ninguna de las dos ve claro que pueda hablarse de una fotografía latinoamericana con unas características diferentes respecto a lo que se hace en el el resto del mundo. Errázuriz opina que hay una iconografía común en los diferentes países latinoamericanos que pueden llevar a confusión: «Creo que hay unas experiencias muy semejantes como son las dictaduras, la guerrilla, los paisajes… pero también hay una poética y una manera de investigar muy semejante a la de otras partes del mundo. No somos diferentes». Las dos coinciden en la diferencia entre hombres y mujeres a la hora de retratar la realidad pero Colita recurre a los desastres para explicar la diferencia. «En una guerra, por ejemplo, creo que una mujer jamás tomaría primeros planos de un cuerpo reventado o del corte de una cabeza decapitada. En general, sé que hay excepciones, la mujer pone el objetivo en detalles que te hablan del drama, pero sin adentrarse en los intestinos». Errázuriz pone como ejemplo el caso de la fotógrafa peruana Milagros de la Torre, quien en su serie sobre crímenes famosos que se puede ver estos días en CentroCentro Cibeles, en la colección de Anna Gamazo, retrata las armas usadas para cometer los asesinatos. «No hace falta más para contar una historia terrible de manera sublime».

«Yo resumiría este asunto», remata Colita, «diciendo que las mujeres afrontamos la parte cotidiana de la guerra. O mejor, preferimos hablar de nuestras guerras más próximas. Las otras, el puro campo de batalla con cuerpos mutilados, son más de machotes, aunque hay excepciones de reporteras extraordinarias con las que no me voy a meter».

¿Qué tipo de fotografía no harían nunca? Ambas coinciden: jamás harían moda. Las dos han hecho mucho retrato de encargo por parte de empresas o de particulares, pero rechazan de plano la publicidad del mundo de la moda: «Son temas que a la semana están muertos», bromea Colita.

Sobre sus trabajos más conmovedores, Colita recuerda un reportaje que realizó en los 90 con un grupo de enfermos de sida y que vio después como cada uno de ellos se fue muriendo hasta no quedar ninguno.

Una y otra han tenido incontables problemas con la censura y han vivido décadas en las que el trabajo de fotógrafo no disfrutaba del respeto que, en general, disfruta ahora. Señalan la cifra de 30 años como la media para considerar que dominan la profesión y lamentan el desconocimiento de la historia de la que hacen alarde las nuevas generaciones. «Los chicos de 20 años no saben quien fue Pinochet en Chile», lamenta Errázuriz, «ni parece que quieran saberlo. Así es muy difícil trabajar sobre el futuro».

La artista chilena trabaja desde hace tiempo en una serie («Nunca las acabo del todo», reconoce) dedicada a la ceguera. «Estoy retratando a personas que sufren cromatopsia, un trastorno de la vista por el que se ven objetos de una coloración inexistente. Un amigo escritor trabaja sobre la parte documental y yo retrato a la persona. Son obras en blanco y negro donde queremos contar qué es lo que la persona no ve».

Colita, gran cronista de la Transición, está entusiasmada con el momento político que se vive en España. «Estoy segura de que está empezando algo parecido a lo que ocurrió después de la muerte de Franco. No sé cómo evolucionará, pero sé que es un momento de grandes cosas. Me entusiasman las alcaldesas de Barcelona y Madrid, Ada Colau y Manuela Carmena. De entrada están demostrando que es falso que los vecinos comunes de ambas ciudades no se entiendan. Me gustaría mucho participar en esta nueva situación con mi cámara, pero las rótulas no me responden y ya no estoy para correr de un lado para otro. Hace un año, el ambiente político era deprimente. Ahora siento que cualquier cosa puede ocurrir y yo quiero estar ahí».

Y tras explicar a su colega chilena quien es quien en los nuevos partidos políticos españoles, Colita le regala un oportuno abanico rojo con lunares negros, imprescindible para moverse bajo los calores madrileños.