fotografia-documentalEl País / Hace tres años, el Reina Sofía dedicó una rompedora exposición al hasta entonces poco tratado tema del Movimiento de la Fotografía Obrera entre 1926 y 1939. Como inevitable secuela de aquella, el mismo museo abre este miércoles al público Aún no. Sobre la reinvención del documental y la crítica de la modernidad, una nueva exposición de tesis sobre los debates que, entre 1970 y 1980, tuvieron al género documental como crítica del arte moderno y sus instituciones. Por medio más de 800 piezas, entre fotografías, revistas y películas, el espectador se encuentra con una nueva versión de la historia de los movimientos sociales y revolucionarios contada con soportes que sirvieron de denuncia para transformar el mundo.

Jorge Ribalta (Barcelona, 1963), fotógrafo e historiador de la Fotografía, comisario de la exposición, explica que la historia que aquí se cuenta es la de los perdedores a través de un soporte, la fotografía, que ha sido la criada respecto a otras formas de expresión ligadas a la ampulosidad de la forma en que la burguesía ha narrado su propia versión de la historia. «Aquí mostramos la evolución del imaginario de la clase trabajadora y se cuentan las luchas sociales que siempre se han narrado de manera incompleta».

João Fernandes, subdirector del Reina Sofía añade que la fotografía, entendida como documento, es un vínculo crítico con una realidad que solo hemos podido contemplar bajo el prisma del Neoliberalismo.

El escenario por el que transita la exposición organizada en tres actos es el que surge en las ciudades después de Mayo del 68 y la crisis económica de 1972. Allí nace una nueva generación de artistas que, recuperando el origen político de la fotografía obrera de los años 20 y 30 se reintentan el género y lo utilizan para criticar las formas de modernidad, despolitizadas e institucionalizadas, que se establecen en el mundo durante la Guerra fría. Solo el paso del tiempo, opina Ribalta, permite analizar con objetividad lo que se hizo en aquellos años.

La exposición arranca con una cita de la artista y ensayista Martha Rosler(Nueva York, 1943): “quizá un documental radical pueda existir. Pero la aceptación habitual de la idea de que el documental precede, suplanta, trasciende o cura del activismo social es un indicador de que aún no tenemos un documental verdadero”. Es un buen aviso sobre lo que el el espectador se va a encontrar durante el recorrido por una docena de salas de la planta baja del Edificio Nouvel.

La primera parada es en Hamburgo, en 1973. A través de ilustraciones y textos de la revista Arbeiterfotografie,creada por un grupo de fotógrafos inspirados en la fotografía obrera alemana de antes de la guerra, se muestran imágenes de obreros trabajando en actividades industriales y escenas de las campañas ciudadanas a favor de actividades vecinales. Las imágenes están prendidas en paneles similares a los originales que se utilizaban para agitar los debates ciudadanos. En este primer acto se exhibe una de las instalaciones más espectaculares de la muestra. Realizada por Dieter Hacker, del colectivo Volksfoto, cientos de fotografías anónimas encontradas en la basura forman un panel que el fotógrafo tituló Todo el poder para los aficionados.

El segundo acto de la exposición se ocupa de escenarios internacionales. Una de las obras más impresionantes de este apartado es un documental sobre la vida cotidiana en Vietnam realizado por Joris Ivens, el fundador de la organización de fotógrafos obreros holandeses en Amsterdam en 1931 y realizador de películas emblemáticas dentro del movimiento documental proletario.

Jorge Ribalta llama la atención sobre la potente iconografía del Partido de los Panteras Negras, la organización creada para la autodefensa de la comunidad afroamericana en Estados Unidos, en un reportaje realizado en 1968 por la pareja de fotógrafos Ruth Marion Baruch y Pirkle Jones. Los artistas querían promover la comprensión del movimiento y contrarrestar la percepción social negativa que le otorgaban los medios de comunicación convencionales.

Los nuevos movimientos sociales y nuevas maneras de lucha urbana integran el último acto de la exposición. Uno de los proyectos expuestos más potentes está dedicado al Instituto Mental de la Santa Creu. Realizado en 1980 por el Centre Internacional de Fotografia de Barcelona, los rostros de los internos y sus condiciones de vida son un perfecto resumen de la sociedad que esta exposición quiere retratar.