Lynsey-AddarioAlberto Rojas. Madrid / ¿Cuántas veces se ha preguntado ‘¿qué coño estoy haciendo aquí’?
Muchas veces. Casi cada vez que estaba en medio de un tiroteo, tratando de encontrar la manera de hacer fotos y a la vez mantenerme con vida. 
¿Cuántas veces ha sentido que su vida corría serio peligro? 
En cuatro ocasiones. Primera, cuando fui secuestrada en Gharma, un pueblo en las afueras de Faluya en 2004. Segunda, cuando estuve empotrada con la 173 división aerotransportada en el valle de Korengal, en Afganistán, y sufrimos una emboscada talibán en octubre de 2007. Tercera, después de sobrevivir a un accidente de automóvil mientras cubría la invasión del valle del Swat en Pakistán en 2009, mi conductor se quedó dormido al volante, mientras que conducía por la carretera entre Peshawar a Islamabad, y golpeamos la mediana a 80 km por hora. Mi conductor murió. Estuve inconsciente durante algún tiempo y alguien me sacó del coche (no me acuerdo, pero me lo dijo un médico que me atendió). Cuarta: en 2011, cuando me capturaron como rehén junto a otros compañeros las fuerzas leales a Gadafi mientras cubría el levantamiento en Libia. Nos ataron, nos vendaron los ojos, nos golpearon y nos torturaron simulando varias veces que nos ejecutaban.

 

La persona que cuenta esto a EL MUNDO es Lynsey Addario, fotógrafa de la agencia Getty, colaboradora de medios como Time oThe New York Times y autora de It’s what I do (Qué es lo que hago), una emocionante autobiografía que en España publicará próximamente Roca Editorial. Lynsey ha pasado los últimos 15 años de sus 41 cubriendo conflictos en todo el mundo. Es una de las reporteras más experimentadas y respetadas de la profesión por su capacidad para llegar donde no llega nadie.Quizá por eso Steven Spielberg ha comprado ya los derechos de su libro y prepara su próxima película sobre su historia con Jennifer Lawrence (Los juegos del hambre) en su papel.

Su libro es una travesía emocional en la que su autora lucha por mantener su compromiso con su profesión, a la vez que intenta mantener algún tipo de normalidad vital en su regreso a casa después de retratar lo mejor y lo peor del ser humano. «No creo que sea posible volver como si nada. Creo que uno sufre a expensas de los demás. Durante muchos años yo no he tenido una vida personal. Lo intenté, pero fallé miserablemente en la búsqueda de relaciones saludables, porque la vida de un reportero gráfico que trabaja en zonas de conflicto o en lugares remotos conlleva este tipo de dificultades. Mi motivación por el trabajo hacía que estuviera de viaje unos 280 días al año desde hace casi 10 años consecutivos. He ralentizado un poco desde que tuve a mi hijo Lukas, pero todavía viajo alrededor de dos semanas de cada mes. Es un equilibrio difícil de tratar de lograr».

Lynsey Addario ha cubierto la invasión estadounidense de Afganistán e Irak, la caída de la Libia de Gadafi, la crisis de Darfur o conflictos olvidados como el del Congo o las hambrunas del cuerno de África. Es decir, toda la violencia post 11-S. El estar embarazada de siete meses no la detuvo y siguió fotografiando. Las mujeres en guerra, ya sean luchadoras o víctimas (a veces son la misma cosa), son el motor de su obra. Chicas en los marines afeitándose las piernas, reinas de la belleza en India, mujeres encerradas en manicomios sórdidos en Afganistán, refugiadas sirias adolescentes casadas a la fuerza…

¿Me estás preguntando que cómo me las arreglé durante 15 años cubriendo guerras? Después de salir muchos años con hombres que no entendían mi trabajo, finalmente encontré a Paul, que siempre entendió y respetó mi compromiso. Éramos amigos desde hace muchos años, teníamos los dos 30 años. Y supimos que, probablemente, pasaríamos el resto de la vida juntos.

Sus fotografías son ya la memoria del inicio convulso de este siglo XXI. Uno de sus últimos encargos la llevó hasta Irak para documentar la huida de los yazidíes y cristianos de las garras del autoproclamado Estado Islámico mientras secuestraban a compañeros suyos al otro lado. «Después de que me secuestraran en Libia soy más cautelosa. Nuestro conductor fue asesinado ese día (o eso supongo, porque nunca nadie lo vio con vida después) y nosotros fuimos responsables de su muerte, ya sea directa o indirectamente. He perdido muchos amigos y colegas en los últimos cinco años, y lo que nos pasó en Libia fue una de las muchas experiencias traumáticas que todos experimentamos en nuestra comunidad. Ahora soy consciente de mi vulnerabilidad y mi propia mortalidad. Siento que necesito seguir con vida por mi hijo».

Este periodista conoció a Lynsey Addario en el este del Congo, haciendo fotos de víctimas de violencia sexual. Esas mujeres no se prestan fácilmente a posar ante fotógrafos extranjeros. Su experiencia las vuelve recelosas y permanecen encerradas en el silencio. Lynsey, armada con un don personal para la empatía, no tuvo que hablar demasiado para convencerlas de que no era el enemigo con una cámara. Todas aquellas mujeres se prestaron a ser retratadas.