Embrujo en blanco y negro

Sanz LobatoGuillermo Abril / Madrid. Rafael Sanz Lobato tiende su mano derecha, en la que solo hay dos dedos: el pulgar y el meñique. Las tres falanges del medio se encuentran unidas y forman un muñón que recuerda a un currusco de pan. Duro como una roca. Con él pegaba capones a sus compañeros de clase cuando era niño y con él golpea la mesa en este momento para demostrar lo curtido de su malformación congénita. Y un poco después, el fotógrafo levanta ambas manos, como si sostuviera una cámara imaginaria, y explica el mecanismo con el que ha retratado a lo largo de su vida.

Apoya la máquina en la mano izquierda, agarrando el pesado objetivo. Dispara con el meñique de la derecha. Pasa el carrete con el pulgar. Y repite el gesto, para que quede claro el método de una de las figuras clave de la fotografía documental de la España de posguerra (así lo muestra desde ayer su exposición en la Academia de San Fernando). Un giro rápido de muñeca, similar al del héroe en las películas del oeste.

Sanz Lobato tiene 81 años y una melena alborotada de pelillos finos y blancos que le nacen de una frente despejada y unas gafas gruesas de concha y unos ojos vivos detrás, recubiertos por una película grisácea, como un velo. Ve muy poco por culpa de una enfermedad degenerativa. Y ya no viaja a los pueblos para inmortalizar ritos, rostros y lugares olvidados. Pero ha sido él mismo quien ha positivado el centenar de fotos de su primera gran exposición en Madrid, “tirando más papel que nunca y cabreándome conmigo mismo”, dice. Desde ayer cuelgan en las salas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y la exhibición se puede visitar hasta el 8 de septiembre.

Un reconocimiento tardío para alguien que compró su primera cámara en 1953 y comenzó lo que él denomina su trabajo de “documentalista de fin de semana”. Llegaba el viernes y acudía a su empleo en una compañía americana de maquinaria pesada con un hatillo, una Nikon, un par de objetivos, una lata de 30 metros de película Tri-X y salía de viaje a los pueblos de Zamora o Galicia en busca de procesiones, entierros y otros ritos ancestrales. Volvía a Madrid el domingo, paraba en alguna gasolinera para asearse y entonces descubría un puñado de moscas cojoneras agarradas en la camiseta. No era nada extraño porque aquel día de 1970 regresaba de la Rapa das Bestas en San Lorenzo de Sabucedo (Pontevedra), un festival primigenio en el que se marca y se corta la crin a los caballos salvajes (que suelen portar esos insectos en sus genitales).

En las décadas de los sesenta y setenta su trabajó brilló entre los círculos fotográficos. Publicó en el extranjero y el Photography Annualestadounidense seleccionó una decena de imágenes suyas en el número de 1971. La laureada fotógrafa Cristina García Rodero se hizo con un ejemplar de la revista cuando estudiaba en Roma. Y, según ha relatado la fotógrafa años después, aquel portafolio le marcó para siempre; solía hablarles de Sanz Lobato a sus alumnos.

Simultáneamente, el fotógrafo fue cayendo en el olvido. En 1977 se “profesionalizó” tras ser despedido de su empleo. Y comenzó con encargos de publicidad, entre los que figuran las campañas del Partido Popular (tiene, según cuenta, un archivo que ronda los 700 políticos populares, Mariano Rajoy incluido, fumando un puro), según recuerda Sanz Lobato.

Y mientras su nombre iba borrándose poco a poco, el fotógrafo fue perdiendo vista, y dejó de hacer escapadas. Algo, sin embargo, comenzó a moverse en 2004, cuando se le concedió la medalla de oro al Mérito de las Bellas Artes; en 2006 aparecieron algunas de sus fotografías en una exposición colectiva en Cataluña sobre fotografía realista, organizada por Chantal Grande y David Balsells, que empezaron a cortejar a un autor desconocido y quedaron aprisionados por la fuerza de sus fotos, muchas inéditas.

En 2010, Balsells y Grande organizaron la primera retrospectiva del autor en Tarragona. En 2011, gracias en parte a la visibilidad de aquella exposición, se le concedió el Premio Nacional de Fotografía. Y así fue como Sanz Lobato se encerró en su estudio para positivar las imágenes que hoy cuelgan de las paredes de la Academia de San Fernando, en una exposición comisariada una vez más por Chantal y Balsells, como iconos. Rostros y espacios de piedra con la capacidad de hacernos comprender quiénes somos. Uno los observa y ve España y también se ve a sí mismo en esos retratos arrabaleros y de provincias, del mismo modo que uno se mira al espejo y descubre las arrugas y el paso del tiempo y lo mucho que empieza a parecerse a su padre o a su madre.

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