PARIS-MagnumEl Mundo / Eric Hazan se ha atrevido a escarbar en las más 600.000 fotografías del archivo que la agencia Magnum lleva engrosando desde finales de los años 40. Quería encontrar un retrato de París. Reflejar esa esencia eliminando la mirada de aquellos que se sorprenden por lo menos sorprendente de la ciudad. Encontró 400 primeros planos que le proporcionaron el ‘collage’ perfecto de una ciudad que ha pasado el último siglo posando para las cámaras de los miembros de la agencia. En total, fotografías de 40 de ellos, solo nueve habitantes de París. Por lo que 31 de estas miradas son de extranjeros que se han quitado el polvo de lo típico abriendo el obturador cuando el resto lo tapaba. «París ha sido retratada por muchos fotógrafos extranjeros, consiguiendo imágenes milagrosas que han sabido reflejar su esencia. Esto no ocurre en la literatura, los libros escritos por autores extranjeros en los que París es el marco o el sujeto me parecen decepcionantes, una mirada enternecida de turistas cultivados, en lo que todo suena un poco falso, incluso el nombre de los personajes», comenta Hazan en el prólogo de ‘París Magnum’ (La Fábrica), que se publica hoy en España.

Entre el casi medio millar de fotografías, en las que los rostros y el blanco y negro lucen en el grueso de las páginas, se intercala el rojo intenso del belga Harry Gruyaert, miembro de la agencia fundada por Capa desde 1972. «Me caracterizo por el color y no soy tan humanista como el resto de fotógrafos de Magnum», comenta mirando a la mesa mientras se coloca los puños de su camisa malva. «Las caras, para mí, no tienen importancia. Creo en el paisaje, en el ambiente», añade. El libro, que aborda todos los campos, desde la política hasta la moda, la emigración, el sexo o la revolución de la mujer, se ha dividido por décadas para reflejar la variedad, tanto en la técnica como en la temática, de estos fotógrafos dentro de un mismo periodo de tiempo. «Ha sido decisión de Hazan, quizás yo hubiese hecho el libro de otra forma, con otro orden que no fuese cronológico, pero al final es un fiel reflejo de la ciudad que lo ha inspirado».

El recopilatorio empieza en 1932, con un París sonriente, el puño en alto apoyando al Frente Popular y, como describe Hazan en la introducción, «la alegría de las primeras vacaciones pagadas». Esas imágenes de niños en bañador montado en bicicleta, que Cartier-Bresson tomó en 1936, comparten capítulo con el ataque al palacio Borbón inmortalizado por Capa en 1944. «La primera parte del libro es más política. Todos los cambios que se estaban produciendo llevaron a fotografías más comprometidas, más periodísticas que en otros períodos posteriores», comenta Gruyaert.

Luego, nada. Un París pobre que sólo da fotografías «sobre un fondo frío y de hambre», un dolor que Marc Riboud supo captar en sus chimeneas a medio gas y sus ‘baguettes’ solitarias. Pero, otra vez, el contraste. Mientras el abate Pierre intenta conseguir donativos para paliar el dolor de estómago de los suyos, las mujeres de la clase alta parisina se ondulan el pelo y se enfundan una falda de tubo para acudir a los desfiles de Dior. Los hombres, por su lado, disfrutan libremente de las cabareteras del Crazy Horse mientras Burt Glinn les fotografía con la boca abierta y la mirada fija. «Todas las épocas tienen contrastes, pero los de las posguerras son feroces. Después de la guerra se ve una fotografía más política, la sociedad sufría más cambios y eso aportaba mayor plasticidad. Todo era más denso», comenta Harry Gruyaert antes de pasar al Pop Art y la Nouvelle Vague.

«Esta época que recordamos feliz terminará en fanfarria con la revolución de mayo», escribe Hazan a modo de introducción. De ‘Degustación de ostras en el mercado’ a ‘La minifalda, avenida de los Campos Elíseos’, ambas de otro de los belgas de Magnum, Raymond Depardon. Retratos de Ronald Barthes, Samuel Beckett o Alberto Giacometti sacados por Cartier-Bresson a principios de los años 60 denotan el cambio de mentalidad, la preocupación social pasa a un segundo plano y son los movimientos intelectuales y sociales los que adquieren protagonismo. Incluso hay sitio para el color, que termina de instalarse por completo en los últimos capítulos del libro en los que se plasman «los márgenes de la ciudad, sus solares, sus estaciones, sus bloques de pisos» habitados por chinos, árabes o africanos. «Atrás se quedan los tiempos en los que los fotógrafos controlaban el centro, los fotógrafos han migrado adonde se ha desplazado ahora la vida. Para nosotros ese tiempo sigue estando, como dijo Walter Benjamin, ‘inmerso en la oscuridad del instante vivido’«, aclara el editor a modo de despedida en el último capítulo, donde Gueorgui Pinkhassov o Alex Majoli se atreven con el siglo XXI.

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