El siglo de Robert Capa

Robert-CapaEl Mundo / Si el bueno de Capa viviera, cumpliría ahora 100 años. Tuvo la delicadeza de morirse, como un héroe, apenas cumplidos los 40. Saltó por los aires en el norte de Vietnam, el 25 de mayo de 1954.
Por una vez, no necesitaría adornar los hechos, aunque es casi seguro que, si él lo contara, habría añadido a la escena un montón de balas silbando a su alrededor. La realidad fue más simple. Se subió a un pequeño montículo para tener una toma mejor de los soldados que avanzaban con detectores de minas para limpiar la zona. Una acción de novato de primaria que le costó la vida.

Hay dos formas de acercarse a Endre Ernö Friedmann, el verdadero nombre de Robert Capa. Una es leyendo meticulosas biografías, como la de Richard Whelan. No sale muy bien parado. Descubrimos a un hombre ambicioso, mentiroso compulsivo, jugador empedernido, dispuesto a casarse con alguien solo para obtener la residencia en Estados Unidos y de engañar con un falso certificado médico a las autoridades asegurando que su futura ‘esposa’ estaba embarazada para acelerar el proceso.

Les aseguro que hay un método mucho mejor para comprender lo que fue y representó la figura de Robert Capa, el gran fotógrafo, el icono fascinante, el reportero de guerra por antonomasia. Se trata simplemente de contemplar la fuerza incomparable de sus fotografías. Y ese es el único y monumental legado que, a cien años de su nacimiento, nos puede interesar. Sus conmovedoras imágenes sirven para conocer los claro oscuros de la humanidad en una parte crucial del siglo XX.

Endre Friedman nació en la parte bulliciosa y proletaria de Budapest el 22 de octubre de 1913. Su madre, de fuerte personalidad y con gran habilidad para los negocios, lo crió siempre como su niño mimado. Aprendió de ella la importancia de labrarse una posición en un mundo en el que las apariencias lo eran casi todo. Su padre, un sastre con don de gentes, le enseñó la capacidad infinita de sobrevivir en circunstancias difíciles. Pasaba muchas noches en eternas partidas de cartas, una afición al juego que Endre heredaría sin esfuerzo.

Emigró primero a Alemania y más tarde a Francia, países en los que contó siempre con amigos benefactores. Pronto supo lo que era de verdad pasar hambre. Tenía don de gentes y siempre caía de pie. “Que los demás sepan que te lo pasas bien con ellos”, aseguraba como una fórmula de supervivencia infalible. Se acostumbró a no pagar a su casera y a vivir con sablazos a sus conocidos. Dudó entre la agricultura y la fotografía, pero pronto comprendió que una cámara le daría el estatus que buscaba y la capacidad de vivir aventuras.

Desde muy joven estuvo influido por un ambiente revolucionario y progresista. Se convirtió en un antifascista convencido, lo que no le impidió disfrutar, siempre que pudo, de los placeres de la clase burguesa.

Malvivió de la fotografía sin apenas conseguir publicar nada. Unos vigorosos retratos de Trotski en Copenhague le dieron el primer empujón. Su cámara estaba más tiempo colgada en la casa de empeños que en sus manos. Renegaba de los pequeños encargos que le hacían. Estaba convencido de que había nacido para empeños más importantes.

Conoció a una joven agraciada que influiría de una forma esencial en su vida: Gerda Pohorylles, más conocida como Gerda Taro. Fue ella quien le animó a inventarse a un importante fotógrafo norteamericano, que nunca existió. Endre adoptó esa personalidad con el nombre de Robert Capa. Y sería así como lograría el reconocimiento mundial.

Consiguió que lo enviaran a la incipiente Guerra Civil española y fue allí, en 1936, donde hizo la foto del miliciano cayendo herido de muerte que se convertiría en la mejor foto de guerra de todos los tiempos. Tenía 23 años y, en honor a la verdad, sus fotografías eran todavía las de un principiante prometedor.

La controversia sobre si era una imagen real o un montaje le acompañaría durante toda la vida. La revista francesa Vu la publicó a toda página el 23 de septiembre de 1936. Debajo publicó otra al mismo tamaño de lo que parecía ser el mismo soldado en el momento en que toca el suelo. Luego se descubrió que era otro soldado diferente. La posibilidad de que Capa hiciera una foto en el momento en que una bala atravesaba el cuerpo en un miliciano era de una entre un millón. La posibilidad de que segundos después, y con el mismo encuadre fotografiara a un segundo soldado cayendo de la misma forma era algo que ni la influencia de todos los ángeles del cielo hubiera logrado.

Sea como fuere Capa consiguió el reconocimiento y la fama que cimentó con posteriores fotos de la guerra de España que demostrarían su enorme capacidad para captar y transmitir imágenes del sufrimiento humano.

Gerda, su compañera, también fotógrafa, murió atropellada por un tanque en Brunete, mientras él estaba en París. Nunca se lo perdonó. Sus fotos, a partir de ese momento adquirieron un compromiso mucho mayor.

La Segunda Guerra Mundial, le permitió seguir realizando lo que mejor sabía hacer y se consagró definitivamente como el mejor reportero de guerra. 1944 fue el año de su mayor madurez profesional. Sus reportajes bélicos en Africa, Alemania e Italia y su presencia en la playa ‘Omaha’, en el desembarco de Normandía, lo convertirían en un mito.

Terminada la contienda se metió en otra batalla decisiva para generaciones de reporteros. Fundó junto a sus amigos ‘Chim’ Seymour, Cartier-Bresson y Goerge Rodger la agencia Magnum. Consolidó así la independencia de los fotógrafos y marcó el rumbo de la dignidad y el reconocimiento del reportero gráfico.

La buena vida, a la que siempre había aspirado, lo llevó a Hollywood. Fotografió a las estrellas, tuvo un romance apasionado con la actriz Ingrid Berman, consiguió la nacionalidad estadounidense y se sumergió definitivamente en el glamour de los famosos.

En 1954, estaba en Japón como invitado de una gran publicación cuando LIFE, la revista más emblemática de la época con la que nunca acabó de entenderse, le propuso ir a Indochina para sustituir a uno de sus reporteros. Fue a regañadientes y allí, el estallido fortuito de una mina lo convirtió definitivamente en Leyenda.

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