Foto: Javier Casares
Foto: Javier Casares

Luis Miguel Ramos Blanco. Socio fundador y de honor de FOCUS / Se ha presentado en El Ayuntamiento de León a los medios de comunicación, el libro “EL cosmos de piedra” del que soy coautor. En la presentación ha estado El Alcalde de León Antonio Silván, el autor de los textos, el periodista del Diario de León Eduardo Aguirre y quien esto escribe, Luis M. Ramos Blanco, autor de la fotografía de la obra.

“El cosmos de piedra”, es el regalo institucional del Ayuntamiento de León y de su Alcalde y se han editado 1.000 ejemplares, 900 en papel y 100 en tela.

A nivel personal, he visto culminado un proyecto que ha estado latente durante ocho años. Considero “EL cosmos de piedra”, una simbiosis de la imagen y la palabra escrita; entre mis fotografías y los textos de Eduardo Aguirre.

Este es el epílogo que escribí  para cerrar el contenido de “El cosmos de piedra”
MIRADAS SOBRE EL HOSTAL DE SAN MARCOS
La génesis fotográfica de El Cosmos de piedra comenzó hace ya unos cuantos años, cuando el boom de la fotografía digital lo inundaba todo. Me resistía a cambiar mi cámara réflexluis-miguel-ramos-blanco2 de carretes por uno de esos nuevos artefactos y, a pesar de las maravillas que se contaban de ellos, yo seguía fiel a las películas de 36 fotogramas y disfrutando del olor del revelador y del fijador.

Estaba acostumbrado a esperar el momento mágico en que sacaba el rollo revelado y observaba a contraluz, en el cuarto oscuro, el resultado o cuando la imagen comenzaba a aparecer en el papel al fondo de la cubeta del revelador y, poco a poco, se llenaba de grises, de negros, de blancos; de luces y de sombras.

Mi amigo Eduardo Aguirre me pidió, por aquellos días, unas fotos del Hostal de San Marcos, concretamente de tres de los medallones que adornan el zócalo de su fachada principal.

cosmos-de-piedraUna era de Príamo, el todopoderoso rey de Troya; otra de su hijo Héctor, el valeroso príncipe defensor del reino, cuyas murallas eran consideradas inexpugnables; y la tercera de Paris, el poeta, hijo y hermano de los anteriores, por lo tanto, príncipe también del mítico reino tan codiciado por los reyes griegos. Inmediatamente después de tener en las manos, reveladas en blanco y negro y a papel, las tres copias, surgió en mí la idea de fotografiar los treinta y ocho medallones grecolatinos que se muestran a lo largo de todo el frontispicio del Hostal de San Marcos.

El retrato siempre ha sido para mí uno de los géneros fotográficos que entrañan mayor dificul- tad. Es esencial conocer en profundidad al personaje; sin ese conocimiento previo es muy difí- cil captar aquello que hay más allá del rostro que tenemos delante. La mirada, el rictus de la boca, las arrugas de la frente, como ríe, como habla, como guarda silencio… tantos y tantos detalles que configuran la personalidad y el carácter del retratado.

Pero, ¿cómo buscar esas referencias en los rostros pétreos e inmóviles de unos medallones si tan solo tienen los perfiles de hombres y mujeres, que en el caso de los más recientes, vivieron hace más de doscientos cincuenta años o como en el de los más antiguos, unos personajes que cobran vida en la imaginación de gentes antiguas, de hace miles de años, convertidos en relatos orales contados en el ágora de una polis, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos?

Confieso que en más de una ocasión he llegado a elucubrar con la fantasía de viajar en el tiempo. Eso me permitiría conocer todos y cada uno de los misterios y las vidas que se esconden detrás de estos treinta y ocho altorrelieves de piedra; adentrarme en otras tantas épocas de nuestra historia, desde los albores de la civilización hasta casi mediados del siglo XVIII; escuchar de viva voz a los silentes habitantes del bellísimo zócalo de la fachada del Hostal de San Marcos, a quienes constantemente hago preguntas y tan solo el silencio me responde.

Uno por uno, tras estudiar previamente las luces y las sombras, la dirección de las mismas, las horas más propicias y otros detalles necesarios para la consecución de las fotografías, fui acometiendo cada medallón, de derecha a izquierda, comenzando por Príamo y terminando con Pedro Fernández de Fuentecalada; de la mitología a la historia. A continuación, tras el proceso del revelado con químicos en el cuarto oscuro y ya con las treinta y ocho copias de los negativos en papel, se las muestro a Eduardo, quien entusiasmado con las imágenes me propone darvoz escrita a cada uno de los medallones de mis fotografías. Así se gestó El Cosmos de piedra.

Quienes hacemos fotografía no solamente nos limitamos a transcribir por medio de imágenes la belleza o la fealdad de la vida; tenemos razones más profundas. Fotografiamos a los demás porque son, en definitiva, un reflejo de nosotros mismos. Conocernos, mirarnos en otros ojos, en otros rostros anónimos, donde como en un espejo nos veamos reflejados.