Robes-en-Angel-CanteroDiario de León. Marcelino Cuevas.
No es ningún misterio que el fotógrafo berciano Robés es uno de los grandes profesionales contemporáneos de este arte. Alberto García Alix, Manolo Martín, Amando Casado… han recogido la antorcha de los esforzados pioneros y han puesto muy arriba el listón a la fotografía leonesa. Robés es uno más de este magnífico grupo de buscadores de las luces y las sombras. Uno de los que destaca con poderosa mirada de ese multitudinario pelotón de fotógrafos que ha propiciado la llegada de las facilidades digitales.

Robés, a pesar de que le conocemos bien, sigue siendo capaz de sorprendernos. En nuestra memoria quedó como un artista lleno de positivo romanticismo, de mágicas imágenes analógicas en blanco en negro, retratos que siempre supieron contar historias fantásticas llenas de mensajes, pletóricas de emociones. Porque Robés quizá sea eso, un paciente pescador de emociones, que en vez de caña y sedal emplea el frío cristal de objetivo para capturar sensaciones, para pescar lo mejor en el río de las emociones. Pues bien, en la exposición que estos días presenta en la dinámica galería de Ángel Cantero, además de los reflejos de sus viajes por el mundo, Cuba, Nueva York, Roma… hay otros más íntimos, más profundos, que no llegan a través de la fotografía sino gracias a la pintura y el collage.

Así, nos encontramos con una serie de cuidadas pinturas en blanco y negro que basadas en formas geométricas nos recuerdan los dibujos de Chillida. Y unos collages que son como un torbellino de sensaciones, en las que artista nos cuenta con libertad y enorme belleza todo lo íntimo que a veces la fotografía es incapaz de transmitir, precisamente por falta de calor. Un hallazgo magnífico para los sorprendidos espectadores que, además, se encuentran con un nuevo Robés, más comprometido con la fotografía digital, a la que extrae tanto jugo como en su tiempo logró con la analógica que, por cierto, sigue sin dejar a un lado.

Explica el artista que los collages es lo último en lo que está trabajando. «Quizá —dice— son solamente juegos en los que en este momento me siento muy cómodo. Esta es una exposición un poco atípica porque no es monográfica. Yo diría que en este caso presento medio centenar de autorretratos, todos estos cuadros son individualmente el punto final de un ciclo. El gran trabajo ha sido el seleccionar obras representativas de las distintas series que he ido mostrando a lo largo del tiempo».

Para el espectador se abren en la exposición dos mundos bien diferenciados, el del Robés viajero impenitente, que cuenta sus emociones a través de las imágenes que roba en los más diversos rincones del mundo y el más íntimo, el que le llega a través de las pinturas y collages. «En esta muestra —asegura— he apostado por el interior. En ocasiones he escapado incluso de la figuración. Creo que en estos cuadros se reflejan las cualidades que desde siempre he buscado para mi trabajo: ética, estética y… compromiso».